Resulta extraño cómo las películas, pese
a todos los malos comentarios que reciben, pasan a la historia y se vuelven de
culto. Trece fantasmas es… eso que llaman placer culposo, y puede ser un
desastre si se mira con todo el juicio del caso, pero nadie puede negar que ha
logrado mantenerse vigente en la cultura popular.
Es claro que su recordación no se debe a
su calidad (los críticos no están mal cuando señalan sus fallas de guion, su
estridencia, su exasperante rutilancia tan típica del cine de los 2000). ¿Por
qué sigue tan presente en la mente de todos? Es probable que su público más
efusivo fuera el de los niños de aquel entonces, en cuyas mentes quedaron
grabadas las horripilantes almas en pena que la casa iba liberando poco a poco.
Los diseños de esas criaturas le dan valor a toda la película y, algunos sabrán
aceptarlo, tiene unos momentos verdaderamente agobiantes, porque la casa es un
enorme reloj en cuenta regresiva que te va arrinconando en sus paredes de
cristal.
Todo el asunto ridículo de las gafas
para ver a los fantasmas, y ese artilugio giroscópico en el centro de la casa,
te dan una sensación de incomodidad, de opresión, de extrañeza y se
vulnerabilidad. Es difícil descifrar cómo carajos 13 fantasmas funciona,
pero lo hace. Igual el resultado no podía ser mucho peor que la ingenua versión
original de 1960 (sí, es ingenua y muy mala). Que hayan podido hacer un ramake
más tenebroso, teniendo en cuenta la comicidad de la primera versión, es mucho
para destacar.
Director: Steve Beck.
Año: 2001.
Dark Castle Entertainment.
13 Ghosts Productions Canada Inc.






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