En Plena Cuarentena, día 40: Al final de la escalera



Pocas películas de terror consiguen apreciaciones tan universales y positivas como Al final de la escalera (The Changeling). Cualquiera que haya podido verla y esté enterado del cine de terror no podrá negar su enorme calidad, tanto cinematográfica como en asuntos de asustar al espectador. Stephen King la ama y Martin Scorsese no duda en incluirla dentro de sus películas favoritas del género.

Y es que han pasado cuarenta años desde que se estrenó y sigue fresca, dando una cátedra sobre cómo ha de filmarse una historia de fantasmas tradicional. Al final de la escalera se sostiene en una historia de intriga sobre un crimen que ha permanecido en las sombras en el que se involucra su protagonista, John Rusell (George C. Scott), un turbado compositor que ha perdido a su familia en un accidente, quien es víctima no solo de los episodios sobrenaturales de la casa donde se muda, sino de este misterio criminal que esconden las habitaciones de aquella mansión solitaria donde pasa sus días.

El aplomo de George C. Scott al enfrentar el misterio de esta casa permite tener una experiencia menos histérica del horror, pues deja que la audiencia sea la que sienta los escalofríos que provocan las maravillosas secuencias filmadas por Peter Medak. Susurros, poltergeist, psicofonías, sesiones espiritistas y un crimen sin resolver (todo esto basado en hechos reales experimentados por el escritor de esta historia), hacen parecer posible una mescolanza de temas que, en manos inexpertas y febriles, fracasaría al instante. Al final de la escalera es todo lo que películas como El conjuro quisieran ser, pero que los facilismos y el exceso de efectos no les permite alcanzar. No hay duda al afirmar que Al final de la escalera es una joya de la corona del cine de terror.

Director: Peter Medak.
Año: 1980.
Chessman Park Productions.

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