Hitchcock lo decía una y otra vez: lo
más importante de una película es el guion. Una historia bien escrita es la
pócima mágica que hace triunfar cualquier historia, y eso es lo que tiene La
invitación: dosis magníficas y muy bien administradas de suspenso y de
tensión en acciones monótonas y cotidianas que ocultan dobles intenciones.
Es fantástico cómo desde el primer
momento sabemos que cada acción que transcurre en la pantalla conducirá a un
desastre infernal. ¿Qué tipo de desastre? No se puede adivinar con exactitud,
es muy difícil, todos los caminos son callejones tramposos. Podríamos sentir
que La invitación se construye bajo una trama clásica en donde ni las
acciones, ni los diálogos ni los personajes son lo que parecen, pero eso no
será suficiente para lograr prever lo que nos espera en cada giro que toma esta
película. Es impredecible, ingeniosa y construye una lenta ruta al horror que
guarda sorpresas hasta el último minuto.
Además, es interesante la reflexión que
hace sobre cómo nos desenvolvemos en sociedad. Aquí el instinto se contrapone a
la apariencia. En orden de no perturbar la tranquilidad y alegría de nuestro
entorno —que claramente es falsa— podemos estar acercándonos peligrosamente a
la muerte, y nada es peor que morir sabiendo que pudiste haber escapado de
aquel destino fatal.
Director: Karyn Kusama.
Año: 2015.
Gamechanger Films.
Lege Artis.






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