En Plena Cuarentena, día 3: Misery



Stephen King ha registrado a lo largo de sus novelas sus demonios internos como escritor, aquellos que lo atormentaban cuando pasaba por sus años más lúcidos y creativos que, lastimosamente, eran los que presenciaron sus numerosas adicciones. Misery es una de estas obras, en las que sus miedos, preocupaciones y ansiedades como escritor se desnudan frente al lector ferviente.

Y Rob Reiner, un director de comedia que ya había logrado plasmar en la pantalla una historia tan personal como Stand by Me, volvió a adaptar a King con un pulso envidiable filmando Misery. Soportado por un guion majestuoso, perfecto, escrito por un maestro como William Goldman, Reiner compuso una sinfonía de horror, suspenso y locura que se mantiene vigente a lo largo de los años.

Esta dupla director-guionista capturó lo mejor de la novela de King, logrando una de las mejores (si no la mejor) de las adaptaciones de terror de su extensa bibliografía. Entre la cantidad de aciertos cinematográficos en el universo King,  Misery supo encontrar el equilibrio para hacer de esta historia un clásico tanto del género como del cine universal. Modifica varios elementos de la novela y matiza muchos otros para adecuarlos al tono de la historia, sin llegar a abusar de la violencia, la sangre o el terror desmedido que se puede encontrar en la novela, haciéndola más sobria y, en ocasiones, superior a su fuente original. No le sobra nada, no le falta nada.

El ritmo, las historias secundarias y la asombrosa banda sonora componen un brillante ballet de tensión y locura en el que danzan dos personajes que luchan por sobrevivir a un aislamiento en donde la ficción es la llave para mantenerse cuerdo y con vida, convirtiéndose en una fresca versión de Scheherezade, así como en una metáfora del ejercicio creativo como función vital.

Director: Rob Reiner.
Año: 1990
Castle Rock Entertainment


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